El (mal) pasito bogotano de Jairo Varela
Por. Juan Andrés Valencia Cáceres

Tomado del libro ¡Fuera Zapato Viejo!
1 de enero de 2014 - Páginas 94-105

Primera formación del grupo Niche. De izquierda a derecha: Jairo Varela (flauta), Francisco “Kiko” Fortiche (bajo),  Wilson “Coco” Viveros (percusión), Hernando Sepúlveda (piano), Alexis Lozano (trombón. Foto de Álvaro Hurtado y Orlando Mendoza. (© ARCHIVO DICOS DARO)

Primera formación del grupo Niche. De izquierda a derecha: Jairo Varela (flauta), Francisco “Kiko” Fortiche (bajo), Wilson “Coco” Viveros (percusión), Hernando Sepúlveda (piano), Alexis Lozano (trombón. Foto de Álvaro Hurtado y Orlando Mendoza. (© ARCHIVO DICOS DARO)

Muchos no lo saben, pero al fallecido director del Grupo Niche le tocó vivir una época de penurias y escasez cuando empezó a forjar las letras y las melodías que luego alimentarían su primer álbum y a aquella orquesta que estaba destinada a convertirlo en leyenda. Huellas de esos primeros y pequeños pasos que Varela dio en Bogotá.

Aquel sábado, Jairo Varela se despertó con el único propósito de empacar su maleta para después salir a buscar dónde verse el combate del palenquero Ricardo Cardona. Esa misma noche peleaba en Barranquilla contra el argentino Sergio Víctor Palma por el título superpluma de la Asociación Mundial de Boxeo y perdérsela no estaba dentro de sus planes, así eso significara tener que trasnocharse y llegar tarde a su apartamento del barrio Santa Fe. Total, Varela andaba sin trabajo y al día siguiente viajaba para pasar la navidad y el año nuevo lejos del frío bogotano y cerca del calor quibdoseño.

Entonces se encontró en el centro con su mejor amigo Héctor Murillo, a quien todo el mundo conoce como Sardina, y empezaron a barajar sus posibilidades:

–Veámosla en la casa de Armandito, Sardina, que él tiene televisor.

–Él ya está en Quibdó, Jairo.

–Démonos un septimazo y ahí vemos qué hacemos...

–No jodás, Jairo, si nos ponemos en esas nos perdemos la pelea.

–Caigámosle al maestro en su casa entonces, Sardinita, que estamos cerca... A esa misma hora el viejo condoteño Antero Agualimpia, músico del con

De día vendía Sustagen, y de noche iba para la Calle 24 con Carrera 4 a verse con sus amigos. Siempre con su camisa de manga corta, pantalones apretados y mocasines sin medias.

junto de danzas y cantos folclóricos de la Universidad Nacional, limpiaba en su casa del barrio Las Cruces el clarinete que Alfonso López Pumarejo le había regalado bastantes años atrás. Luego, cuando Varela y Sardina llegaron de improvisto, Agualimpia les dio plata para que compraran unas cervezas mientras se veían la pelea. A medida que Cardona y Palma se repartían los puntos de una reñidísima lucha, la música se apoderaba de la conversación:

–Maestro, me metí en la música.

–¿Verdad, mijo?

–Sí, maestro.

–Ponete firme y párate bien, Jairo, que esto es una carrera dura.

–Claro que sí, maestro.

–Mi música, si vos querés, podés hacer con ella lo que querás, pero como te digo, parate bien duro que esto es muy difícil.

Con esas palabras se acabó la pelea. Colombia tenía un nuevo campeón mundial y Varela y Sardina se despidieron de Agualimpia. Serían las últimas personas en verlo con vida. Pero esto no lo sabrían hasta el día siguiente, cuando escucharan en la radio que el corazón del maestro dejó de latir en la madrugada del 16 de diciembre de 1979.

Trece años atrás, a los 17, Varela acababa de llegar a Bogotá adonde unos familiares de su mamá. Su casa de tres pisos se había incendiado a orillas del río Atrato y con ella unas cuarenta manzanas de Quibdó. Muchos de sus paisanos no tuvieron más remedio que emigrar a diferentes partes del país. Él, que durante su infancia chocoana había sido hincha del Santa Fe, se cambió a Millonarios y entró al Colegio Nacional Emilio Cifuentes de Facatativá a tratar de terminar su bachillerato, estudios que nunca pudo finalizar y que poco a poco lo obligaron a desvanecerse en el rebusque del día a día y en la bohemia de la noche.

De día vendía Sustagen, y de noche iba para la calle 24 con carrera 4 a verse con sus amigos Abigail Serna, Alberto Arce, Elías Dueñas, Miguel Valencia y Sardina. Otro día tomaba unos almanaques y los enmarcaba para venderlos a mejor precio y otra noche llegaba a alguna de las discotecas que se estaban apoderando de la carrera séptima. Siempre salía con su vestimenta de todos los días –camisa de manga corta, pantalones apretados y mocasines sin medias– a buscar una nueva oportunidad.

Primer y único  ensayo de la Colombia All Stars en el bar Hippocampus. Al fondo, a la derecha, puede verse a un joven Varela de 29 años. (© ARCHIVO JAIRO RUIZ GRIJALBA).

Primer y único ensayo de la Colombia All Stars en el bar Hippocampus. Al fondo, a la derecha, puede verse a un joven Varela de 29 años. (© ARCHIVO JAIRO RUIZ GRIJALBA).

Con el Sustagen no le fue bien porque no soportaba ver a las personas con hambre. Entonces cuando se encontraba a un mendigo en la calle, o a una familia desplazada sin haber probado bocado, él les regalaba un tarro sin mayores remordimientos. Con los almanaques tampoco pasó gran cosa, pero ya no importaba tanto; luego de tres años en esas, en pasar por los oficios más raizales del rebusque, se fue a vivir con su madre Doña Teresita al barrio Venecia, a principios de 1969, cuando ella le repetía que ni para vago iba a servir.

En ese tiempo uno de sus dos escapes era Yenessith Lozano, su primera novia, que había conocido en Quibdó antes del incendio y a quien podía ver únicamente los domingos porque el reglamento del internado donde estaba así lo estipulaba. Con las pocas monedas que le sobraban de la semana la invitaba a comer raspao y le enseñaba a fumar:

–“Cogé tu pitadita” –me decía...

(Y Jairo le pasaba un Marlboro que ella aspiraba con la misma timidez con la que besaba sus labios).

El otro era Sardina, siempre Sardina, que lo acompañaba en las buenas y en las malas. Estuvo con él, por ejemplo, cuando en sus primeras vacaciones de vuelta al Chocó, Fernando Pajares, amigo de ambos, les tatuó la primera letra de sus nombres en sus muñecas izquierdas. Así fue como Sardina se hizo una hache y Varela una jota.

Empieza a frecuentar el Club de la Carrera, una whiskería donde se reúne lo más variopinto de la bohemia salsera. También lo ven en el mozambique, en el Bembé de Pinky, en el sol de medianoche.

También estuvo presente cuando ninguno de los dos tenía con qué almorzar. Sardina le decía a Varela que fueran a comer a algún lado, que él corría con todos los gastos. Entonces llegaban, comían, y al final le decía que no tenía plata, que se saliera, que él arreglaba ese asunto.

–¿Pero cómo así, Sardina? ¿Entonces para que me decís que me invitás si no tenés plata?

–Tranquilo, Jairo, que esto lo arreglo yo. Además teníamos hambre, ¿no? Y ya la saciamos, ¿verdad?

Varela salía temblando, entre asustado y preocupado por la suerte que podían correr. Algunas veces el dueño del restaurante comprendía la situación y les retenía algún documento como prenda de que volverían a pagar. Otras, menos afortunadas, terminaban en alguna comisaría durante un par de horas.

Con Sardina también conoció a su segundo amor. A finales de 1969, Arista y sus Estrellas, la orquesta del chocoano Aristarco Perea, llegó a Bogotá para ofrecer una serie de presentaciones. Varela y Sardina fueron a saludar al gran cantante quibdoseño y allí conocieron a las hermanas Mary y Fanny Calderón, hijas del dueño del hotel.

El amor entre Varela y Mary fue tan relampagueante que no solo le fue infiel a Yenessith con ella sino que la dejó embarazada y al año siguiente se casaron. Apenas tenía 20 años y le aguardaban cuatro más donde tendría que hacerse cargo de una casa y de Yanila, su primera hija, e irse a vivir a donde su hermano Enrique a Fontibón para luego mudarse a un apartamento diminuto en el barrio Restrepo de Bogotá.

En 1974, ya desesperado de vivir del rebusque –y de recorrer la ciudad viviendo de migajas laborales–, Varela decidió pedirle ayuda a su mejor amigo una vez más.

–Sardina, yo quiero trabajar en la Flota Mercante Grancolombiana, me han dicho que pagan muy bien allí.

–No Jairo, ese trabajo es muy duro pa’ vos, más bien hablate con el doctor Vicente Garcés Ferrer, ¿te acordás de él? Ahora está de jefe de personal en el Intra. Yo estoy esperando a que me dé un puesto pero vos tenés familia y yo no, y como necesitás la plata más que yo, me pierdo del mapa para que le hablés y le demostrés interés por ese puesto. Seguro te contrata.

Dos meses después de esa estrategia ideada en el andén del edificio Murillo Toro de la séptima con 12, Jairo ya llevaba dos meses expidiendo licencias de conducción y estaba feliz, muy feliz, sosteniendo a su familia y sin avizorar la más mínima sospecha de que esa pequeña estabilidad se derrumbaría con su futura separación.

Nadie sabe por qué a Varela le ha dado por andar para arriba y para abajo con una flauta que lleva en una caja y un cuaderno bajo su brazo. Es que él, más allá de que le guste la música como a cualquier otro chocoano, no tiene madera para cantar y componer. Esto lo saben todos, incluyendo su primo Alberto Arce, su amigo Ember Mosquera, su otro amigo Armando Mosquera y hasta Sardina, que es la persona que mejor lo conoce. Pero es tanto su apego a esos dos objetos –y a su supuesta música– que ya hasta se puso nombre artístico:

–Mucho gusto, Jairo Pitiye Varela.

(Y aprieta bien fuerte la mano).

Desde que Pitiye se separó, su vida ha dado un giro radical. De vivir con su ex esposa y su hija en un pequeño apartamento del barrio Restrepo pasó a compartir un garaje aún más pequeño con Ostwald Serna en la calle 22 del barrio Santa Fe. A pocas cuadras de allí está el apartamento de Iván Cañadas, un paisano que cada semana organiza bailes con más paisanos. Ahí, cuando la fiesta necesita incrementar su voltaje, alguien pega el grito de rumba para que mejore la cosa:

–¡Dispara Jairo!

(Y Pitiye se adueña del tocadiscos, se apodera de la música y pone una canción bien sabrosa).

También empieza a frecuentar lugares que antes no visitaba. Tadeo Perea lo ve, por ejemplo, en el Club de la Carrera, una whiskería del mismo Santa Fe donde se reúne lo más variopinto de la bohemia salsera. Miguel Demetrio Moya se lo encuentra en la discoteca Mozambique del ex arquero Senén Mosquera, allá en la calle 63 con carrera trece, gozando y bailando con las canciones de la Sonora Ponceña. Ember Mosquera lo acompaña a darse su septimazo de vez en cuando, para no perderle pista a la movida chocoana, que está más activa que nunca. Lo ven muchos otros en discotecas como El Bembé de Pinky, La Fania y El Sol de Medianoche. Y “El Brujo” Alfonso Córdoba lo invita a sus famosas tertulias musicales donde solo los más talentosos tienen cabida.

Presentación del  Grupo Niche en la XI versión de Salsa al Parque. Durante ella, se le rindió un homenaje a Jairo Varela. (© CARLOS MARIO LEMA / IDARTES)

Presentación del  Grupo Niche en la XI versión de Salsa al Parque. Durante ella, se le rindió un homenaje a Jairo Varela. (© CARLOS MARIO LEMA / IDARTES)

Presentación del Grupo Niche en la XI versión de Salsa al Parque. Durante ella, se le rindió un homenaje a Jairo Varela. (© CARLOS MARIO LEMA / IDARTES)

Willie Salcedo, uno de los congueros más respetados de la época y productor fonográfico de discos Daro, ojea su famoso cancionero, decide apostar por él e incluye “sufrir, morir” en su álbum Salserísimo.

Tanta fiesta y tanto trasnocho para qué, piensa Teresita, para terminar despedido del Intra por llegar con sueño y sin ánimos de afrontar la jornada laboral. “Es que ni para vago vas a servir”, le dice, preocupada por el futuro de su muchacho. Pero a Pitiye no le importa, porque para eso tiene a sus amigos y a su ingenio. ¿La plata? Esa va y viene, viene y va, piensa Pitiye, que sigue frecuentando la carrera séptima con calle 12, el lugar elegido por toda la comunidad chocoana para encontrarse de día. Allí lo invitan a almorzar los más pudientes, y si las deudas lo alcanzan para eso están las prenderías, a las que ha acudido varias veces para empeñar su flauta y obtener 120 pesos para pagar el arriendo atrasado.

Así que Pitiye sabe que todo es suerte, que todo va y viene como el dinero que a veces gana jugando a las cartas en el vetusto hotel Lumen del parque Santander. Allí viven los hermanos Valois, a quienes casi siempre pela para luego ir a las mismas prenderías a recuperar sus objetos empeñados, incluida la flauta con la que ameniza las reuniones de sus amigos.

Muchos de ellos siguen sin creerle. Así se anime a tocarla en la casa de Laureano Machado, otro lugar donde los más serios en materia musical van a intercambiar notas y composiciones. O así lo vean preguntando por alguien que sepa tocar bien el trombón, y otro que domine la trompeta. Lo que más quiere Pitiye en ese momento –y poco o nada le importa que no le crean– es tomar ese cuaderno, donde tiene escritas las letras de las canciones en las que ha venido trabajando en silencio, y hacérselas llegar por correo a Oscar D’León (a quien no conoce), para ver si se anima a grabar un álbum con ellas.

Y si él no se anima, pues no hay problema. Igual ya se está abriendo un camino, lo sabe de sobra. Dos años han pasado desde que se separó de Mary Calderón, dos años de hambre y penurias, y 1976 parece ser el año del despegue. No ha sido fácil en todo caso. A Pitiye le ha tocado encarnar la figura del metiche que a todos fastidia. Tiene 27 años y asoma sus narices en Discos Daro un día, luego su cuerpo alto y desgarbado en Sonolux el otro, siempre con su cancionero bajo el brazo para demostrar su talento y lograr una oportunidad.

Hasta que Willie Salcedo (uno de los congueros más respetados de la época y productor fonográfico de Discos Daro) ojea su famoso cancionero y decide apostar por él. Se mete al estudio a grabar e incluye la composición “Sufrir, morir” en su álbum Salserísimo . Luego la orquesta La Máxima de Mañungo y la solista Yolandita Pérez deciden utilizar otras de sus canciones. Por fin esas relaciones que ha hecho a punta de pedir, tallar e insistir están sirviendo de algo, por fin los músicos de las grandes ligas están reconociendo que “Pitiye” Varela tiene son.

Douglas Cujar, arquitecto e historiador quibdoseño, recuerda aquella vez en la que en uno de los tantos viajes que Varela hizo a finales de los años setenta a Quibdó, el padre Isaac Rodríguez, fundador de la Escuela de Solfeo de la Catedral de San Francisco de Asís, le demostró su preocupación por la vida que estaba llevando en la capital:

–Me han contado, joven, que estáis dedicado a la música popular –le dijo en su más puro acento español.

–Es cierto, padre, eso es lo que estoy tocando –le respondió Varela, con cierta incertidumbre.

–Pero esa música no llama al rebaño –replicó el padre.

–Pero padre, si esa es la música que le gusta al pueblo –volvió a responder Varela, aferrándose a su salsa.

–Si es así continuad, pues, con vuestra música –remató.

Al padre Isaac todo el mundo lo respetaba, y mucho más todos esos artistas chocoanos que estaban regando su talento en cada rincón del país. A Quibdó llegó en 1935 como misionero claretiano desde España y una de las primeras cosas que hizo fue implementar un coro de música vernácula para acompañar sus misas y el método de solfeo que había aprendido en la Real Academia de Música de Madrid para catequizar. Casi todos los grandes músicos de la región pasaron por sus exigentes lecciones. Y aunque Varela no lo había hecho, le guardaba a él la misma reverencia que todos los demás.

Por eso cuando el padre Isaac intercambió esas palabras con él, Varela recordó sus inicios como músico gitano en la carrera décima de Bogotá, cuando entre 1974 y 1978 se presentaba con Ostwald Serna, Alexis Lozano, Francisco “Pacho” García y Nicolás “Macabí” Cristancho en cuanto grill de mala muerte encontraba para mostrar lo mejor de su repertorio.

Ember Mosquera, amigo y ex mánager, recuerda que Varela por aquel entonces fungía como todero: “Él era mánager, director, utilero, corista, flautista y hasta maraquero”, advierte. “Le tocó una lucha sin cuartel”. Con referentes como Ismael Rivera y Benny Moré en su cabeza, poco a poco se hizo a un lugar en discotecas de renombre como La Teja Corrida y Ramón Antigua, en las cuales le abrían un espacio, y El Goce Pagano y La Casa Folclórica del Chocó, donde César Pagano y Aristarco Perea también lo dejaban ensayar e incluso vivir, como hizo este último con Varela durante algún tiempo.

En ese ambiente conoció a Hildebrando Ortiz, arreglista del Club del Clan, quien entre 1977 y 1978 lo introdujo al mundo de la música profesional al permitirle que le colaborara en la grabación de coros y percusión en varios proyectos musicales. Eran épocas en las que Varela todavía fumaba marihuana y gozaba de la esporádica compañía de Armandito, su supuesto jíbaro de confianza, quien se dice fue el que lo acercó al fugaz proyecto de la Colombia All Stars de Ley Martin.

Jairo Varela en 2008. (© CARLOS MARIO LEMA / IDARTES)

Jairo Varela en 2008. (© CARLOS MARIO LEMA / IDARTES)

En 1978, Varela tuvo la oportunidad de presenciar el único ensayo de la orquesta en el night club Hippocampus de la calle 85 con carrera 15. De ese fugaz encuentro sobrevive una fotografía en donde aparecen, entre otros, Fruko, Armando Manrique y Augusto Villanueva con el típico semblante de aquella época de salsa brava –bigotes tupidos, cabelleras largas, afros frondosos, lentes semioscuros y camisas estampadas–, delante de la mucho más típica pared empapelada con formas geométricamente repetitivas y psicodélicas y con un Varela joven, tímido y al margen, como con ganas de ser parte del show para dejar de ser el metiche que siempre ha sido.

Él ya conocía a algunos de los músicos de esa formación musical como el timbalero Wilson Viveros y el trombonista Adolfo Barros, hermano de Alberto quien fue, finalmente, el que le presentó a Eduardo Calle, dueño de Discos Daro, el primero en cumplirle su sueño más preciado: grabar un elepé.

–¿Usted sí se siente capaz? –le preguntó Calle, sin más ni más.

–Sí –fue la escueta respuesta de Varela.

Durante años ha circulado la leyenda de que el primer disco del Grupo Niche fue un vetusto sencillo de 45 revoluciones grabado por Varela en los estudios de Sonolux. Pese a que algunos coleccionistas juran y perjuran que en él estaban incluidos los temas “Niche como yo” y “El descubrimiento”, nadie–y ni siquiera ellos, dueños y guardianes de los álbumes más curiosos, raros y exóticos de la salsa mundial– guarda una copia que compruebe la veracidad de lo que se dice entre gramófonos y tocadiscos.

Así las cosas (y hasta que no aparezca la legendaria placa), el primer álbum de 45 revoluciones que Varela grabó es Al pasito y lo hizo en un estudio que quedaba en la calle 20 con carrera séptima. Era el mismo de Ortiz y constaba de cuatro canales y una pequeña consola que obligaba a registrar cada sonido de manera independiente y con mucha paciencia, por turnos.

Viveros en la percusión, Francisco Fortiche en el bajo, Hernando Sepúlveda con el piano, Luisito Rodríguez con las congas, José Ferrer con el bugle y Lozano con el trombón fueron los músicos que hicieron parte de ese disco cuya primera canción grabada fue “A ti Barranquilla”, según lo recuerda el cantante Héctor Viveros. Jorge Bassan también prestaría su voz para el álbum que sirvió como estreno de Varela como director de orquesta a los 30 años de edad y que marcó el nacimiento del Grupo Niche en 1979.

A Bertha Quintero, antropóloga y agitadora musical, no le extraña que Varela le hubiera respondido con tanta seguridad al dueño de Discos Daro. El músico que ella recuerda no era un compositor ensimismado y tímido, sino un director estricto e implacable, que durante ese mismo año ya tenía claro en su cabeza cómo era eso de armar y pulir una orquesta: “Él iba todos los días a mi casa en Chapinero Alto a ensayar con sus trece músicos desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Hacía arreglos, componía canciones e ideaba la logística para salir de gira mientras consolidaba su fórmula personal de llegar a los medios”.

Ese Jairo ya no era el tipo metiche, díscolo y bueno para nada. Al contrario, era un Varela centrado y perfeccionista, capaz de repetir una canción hasta el hartazgo con tal de alcanzar su cénit melódico. Era, por fin, el maestro Varela que habría de triunfar con sus defectos y virtudes en otras latitudes, sin olvidar nunca su paso por Bogotá.

Quizá por eso dos años después de la inesperada muerte de Agualimpia, en 1981, cuando lanzó su segundo disco –el primero con el que inauguraba su relación comercial con Codiscos y por el que recibió $70.000–, aprovechó para homenajear a su maestro.

Y lo hizo a su modo, a través del primer sencillo que se llama “Homenaje de corazón”, y cuyo coro resume líricamente lo difícil que fue surgir como artista, tal y como se lo había anticipado Antero Agualimpia aquella noche decembrina de 1979 a pocas horas de morir:

Antero me dejó una herencia para cantarle a mi pueblo. Me dijo es duro el camino, empuñá fuerte esta bandera.

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